Free Web Hosting by Netfirms
Web Hosting by Netfirms | Free Domain Names by Netfirms

ACTUALIDAD

OPINION

NOTAS EN GENERAL

LIDERES

CONTACTO

ACTUALIDAD

• AL FMI Y AL CAPITAL IMPERIALISTA HAY QUE RECHAZARLO CON MEDIDAS DE FONDO

• POR JOSE PABLO FEINMANN

• LUZ Y GAS: OTRA BATALLA PERDIDA

 

• AL FMI Y AL CAPITAL IMPERIALISTA HAY QUE RECHAZARLO CON MEDIDAS DE FONDO

El gobierno y la prensa pro oficialista han presentado como una clara demostración de soberanía nacional el rechazo de las autoridades argentinas a la pretensión del Fondo Monetario, de arrancar una mayor proporción de recursos fiscales para el pago de deuda a los acreedores privados. Luego de sellar un acuerdo con el país, los burócratas del FMI han llegado a la conclusión de que, según el comportamiento de la economía en los últimos meses, aún hay margen para aumentar el nivel de exacción sobre el trabajo nacional. Para obtener su propósito los auténticos representantes del parasitismo financiero internacional han amenazado con no aprobar la primera revisión de ese convenio. La presión del Fondo va dirigida, asimismo, a obtener un aumento de las tarifas de los servicios públicos, así como mejores condiciones para el capital extranjero en la renegociación de los contratos. El gobierno de Kirchner ha dicho no a la extorsión del FMI, y aseguró que en 2004 el superávit fiscal primario (antes del pago de intereses) no superará el 3% del Producto Bruto. En este punto el gobierno no tiene margen para retroceder. El 3% del Producto representa alrededor de 13.000 millones de pesos, cifra que cubre las obligaciones con el FMI, el Banco Mundial y el BID, los préstamos pesificados por Cavallo a fines de 2001 y la nueva deuda emitida después del default. Quedan fuera de esa cantidad las obligaciones con los tenedores de bonos (cerca de 100.000 millones de dólares) que el gobierno ha dicho que pagará con una quita de 75%, por lo que el porcentaje de 3% de superávit deberá aumentar sustancialmente a partir de 2005 cuando comenzarían los desembolsos, con el consiguiente incremento de la presión fiscal y brutales restricciones al desenvolvimiento de la economía. El presidente Kirchner ha declarado su intención de reconstruir el capitalismo nacional y algunos de sus seguidores se consideran embarcados en una revolución democrática. En este sentido el kirchnerismo pretende dar curso a un programa de burguesía nacional, instrumentado por una fracción de la pequeña burguesía progresista. Precisamente en esta combinación reside el origen de sus límites y contradicciones. La burguesía nacional no es una clase homogénea. La fracción del gran capital, determinante en términos políticos, constituida por las grandes corporaciones nativas históricamente asociadas al capital imperialista, fueron directamente beneficiadas por el modelo rentístico de los 90’, dada su participación en el negociado de las privatizaciones y en las oportunidades especulativas que posibilitó la timba financiera y la fuga de capitales. Sus empresas fueron las que salieron ganando con la devaluación duhaldista piloteada por el FMI, y por la pesificación de sus deudas en dólares contraídas en el país. Se trata de una clase que ha hecho su fortuna a contramano del interés nacional. Fue antiperonista en las décadas del 40’ y del 50’, cuando estaba en desarrollo un programa de capitalismo nacional, y se hizo menemista en los 90’, bajo el reinado de la corrupción estatal y el dominio pleno del capital financiero multinacional. A su vez la mediana y baja burguesía fabril, ligada al mercado interno, no es una clase capaz de elevarse a una política independiente. Sus empresarios han salido empobrecidos, arruinados en muchos casos, de la última experiencia neoliberal, barridos por la competencia de productos extranjeros que potenció al extremo la sobrevaluación del peso y la caída de las barreras aduaneras. Sin embargo se trata de una clase que oscila entre las contradicciones que la enfrentan a las corporaciones monopólicas y su dependencia ideológica, que la llevan recurrentemente a reclamar flexibilización laboral para sobrevivir a la crisis. En consecuencia, si el gobierno de Kirchner quiere realmente impulsar una revolución democrática y emprender la reconstrucción del capitalismo nacional deberá superar el horizonte ideológico en que inscriben sus intereses las distintas fracciones del capital local. La crisis política de fines de 2001, el colapso del programa neoliberal de los 90’ y la salida de la convertibilidad, arrojó ganadores y “perdedores” (generosamente compensados como el caso de la banca), modificó las correlaciones internas dentro del bloque de clases que detentan el poder, pero mantuvo intactos los fundamentos del patrón de acumulación instaurado tras el golpe de Estado de marzo de 1976. La apertura financiera decretada por Martínez de Hoz para facilitar la fuga de capital y la bicicleta especulativa, el régimen de inversión extranjera adaptado a las exigencias del capital imperialista, la desnacionalización de ramas claves del aparato económico, una estructura impositiva altamente regresiva orientada a la concentración del ingreso, la privatización del régimen jubilatorio en favor del parasitismo financiero... todo eso se mantuvo incólume bajo el gobierno de Duhalde, proclamado como “una alianza de los sectores de la producción”, y su discusión no forma parte del programa de Kirchner. El gobierno asegura que es su propósito producir una democratización de las instituciones y de la sociedad. Sin embargo tales fines no son alcanzables a menos que se adopten medidas que vayan a fondo contra una estructura de poder, que en las últimas tres décadas ha convertido a la Argentina en un país completamente dependiente respecto del capital extranjero y sus socios locales, y ha sumergido a la mayor parte de los compatriotas en la pobreza o la miseria extrema, mientras enriquecía a una minoría parasitaria. Es una medida democrática una reforma que ponga fin a un régimen impositivo que facilita una redistribución del ingreso extraordinariamente regresiva; régimen que no grava la renta financiera y obtiene sus mayores recursos de los impuestos al consumo. Son medidas democráticas la eliminación del escandaloso sistema de las AFJP, coto de caza del capital especulativo, así como la derogación de las concesiones en los servicios públicos que no cumplieron los contratos, primer paso para la renacionalización de ramas estratégicas como la energía y las comunicaciones. Es una medida democrática elemental impulsar la investigación en el Congreso de la Nación de la deuda externa, que tiene un origen groseramente fraudulento según el dictamen de la justicia en el juicio que Alejandro Olmos de entabló al ministro de la dictadura, José Martínez de Hoz. El gobierno de Kirchner no puede mantenerse indefinidamente resistiendo a veces (y cediendo otras) la presión del FMI, del capital extranjero y de la diplomacia de los países imperialistas. Si realmente pretende orientarse en un sentido nacional-democrático debe adoptar medidas de fondo que apunten a cambiar el actual balance de poder. Es su única oportunidad de concitar el apoyo de los sectores más profundos de la sociedad: los trabajadores ocupados y desocupados, las capas empobrecidas de clase media, y todas las corrientes patrióticas y antiimperialistas. En caso contrario terminará cediendo ante las imposiciones de los grandes intereses que llevaron al país a la peor crisis de su historia; intereses que están intactos y esperan el desgaste del gobierno para iniciar una contraofensiva. En este caso la suerte del progresismo kirchnerista estará echada, y la perspectiva de un nuevo diciembre de 2001 se reabrirá con más fuerza.

Juan Barat - Osvaldo Calello - Gustavo Cangiano - Alberto Converti - Honorio Díaz - Leopoldo Markus -  Carlos Franchini - Daniel Moser - Silvia Parini - Pablo Peker -  Pablo Rivera -  Héctor Rodríguez - Lucio Rodríguez -

(volver)

 

• POR JOSE PABLO FEINMANN

Las cifras (o estadísticas) sirven pero no sirven. Podría describir la "catástrofe civilizatoria" que atraviesa el mundo actual apelando al horror de la numerología. Por ejemplo: por cada año, en este planeta, en esta posmodernidad o capitalismo tardío o capitalismo comunicacional o sistema-mundo o globalización neoliberal democrática y mercadista, se mueren, de hambre, 11 millones de niños. El horror de esta cifra es nada comparado con el de "ver" (ahí, junto a él) morir a UNO SOLO de esos niños. Todorov (y aplico la cita a la realidad argentina) dice que "una muerte" es una desdicha, "treinta mil" son una estadística. Sobre el Holocausto suele decirse: "No mataron seis millones de judíos. Mataron a uno y luego lo mataron seis millones de veces más". Lo mismo con los niños, con los 11 millones que mueren por año en medio del despilfarro de la sociedad del espectáculo, del armamentismo y de las aventuras extraplanetarias. No se mueren todos de golpe. Se mueren de a uno, y lentamente, dolorosamente. Vivimos, sin embargo, casi ajenos a ese horror. El esfuerzo por "internalizarlo" y "verlo" es tan arduo y penoso que, con frecuencia, se abandona. No debería sorprendernos. ¿Por qué no habría de ser tolerada esa cifra (11 millones de niños muertos) si ya hemos incorporado a nuestro paisaje existencial a los despojos humanos de nuestras ciudades? Los seres humanos -en pleno siglo XXI- comen y beben en restaurantes a cuyas vidrieras se asoman las caras flacas de los niños de la miseria ciudadana. Si "esa" imagen, que está ahí, que la vemos a través de un vidrio en tanto tomamos un vino o nos comemos una pasta o un bife, se nos ha vuelto "tolerable", parte de un paisaje que no podemos modificar, que no nos impide comer ni digerir ni reír ni seguir viviendo una vida que -al fin y al cabo- es la única que tenemos, es corta e impotente para solucionar las tragedias de este mundo, ¿cómo no habríamos de tolerar una simple cifra? Comamos, pues, frente a los hambrientos. El hombre de la posmodernidad comunicacional se acostumbró a esto. Hay ricos, hay pobres. Están los que comen y los que no comen. A la salida algunos dejarán caer algunas monedas y hasta se sentirán mal, realmente mal. Otros, ni eso. Culparán a los hambrientos. O a quienes los envían a pedir. O dirán que no quieren trabajar. O dirán (como dijo un inefable presidente que este país sostuvo diez años y casi vuelve a elegir en el 2003) que "pobres habrá siempre". Pero la cuestión es grave. El neoliberalismo triunfante en 1989, el que identificó la caída del Muro con la Toma de la Bastilla, el que iba a instaurar el mercado y la globalización para todos, mata 11 millones de niños por año. No por eso considera que ha "fracasado". La Historia -decía Hegel, hondamente- avanza por su "lado malo". En un texto juvenil (La positividad de la religión cristiana, escrito en 1800), dice: "Al mirar la historia como esa mesa de matadero sobre la que se ha sacrificado la dicha de los pueblos (...) viene necesariamente al pensamiento la pregunta de para quién, para qué fin último se han llevado a cabo estos inauditos sacrificios". Bien, es hora de decirlo. Ni Gengis Kahn ni Atila ni Vlad Tepes Dracul, el empalador, ni Tamerlán ni las despiadadas legiones romanas eran capitalistas. El capitalismo, sistema globalizador por esencia, empieza, inapelablemente, en 1492, con el "descubrimiento" de América. La historia de estos últimos 500 años es la del capitalismo. Lo único que ha permanecido en estos últimos 500 años es, sí, el capitalismo. Todo lo demás fracasó. El sistema-mundo que aniquiló millones (millones) de seres humanos en la conquista colonizadora es el que hoy está destruyendo el planeta y sigue hegemonizando la Historia. Hegel tenía razón: la Historia avanza por su "lado malo". La Historia avanza por el lado del capitalismo. Esa es la fuerza histórica negativa, destructora que seducía al dialéctico Hegel. También a Marx: ahí está el Manifiesto y la descripción de la burguesía como la clase más destructora de la Historia. En su afán de riquezas llegará a destruir el planeta. Está a punto de hacerlo. Si coincidimos (muchos no lo harán, sé que la tesis tiene bastante de personal pero sé también que muchos pensadores argentinos, los mejores, la respaldan) en que la Historia avanza por su "lado malo" y ese "lado malo" es el capitalismo encontraremos aquí la ratio última de su persistencia. "Todo" hoy es capitalismo. No hay Afuera. De aquí que la catástrofe esté más que nunca a nuestras puertas. De aquí (acaso) que la feroz elite bélico-financiera que gobierna Estados Unidos esté planeando irse. La administración Bush (empeñada en seguir agostando este planeta, consumiéndolo, aniquilándolo por medio de una tecno-ciencia al servicio del lucro y la dominación) acaba de urdir una utopía: es Marte, el planeta rojo. Hay dos posibilidades. O una emigración masiva de "ciudadanos de primera". O la instalación de un "centro" de operaciones bélico-galácticas que les permita controlar "en exterioridad" el deteriorado planeta Tierra. Así, emigrarían la elite científico-armamentista, la financiera y la comunicacional. En menos de cincuenta años esta segunda posibilidad será cuasi real o definitivamente cierta, operativa.¿Cómo hizo el capitalismo para aniquilar el mundo en 500 años? Devastó y expolió la América del Sur. Se volvió también hacia el Oriente. Hasta el siglo XIII Oriente era un territorio de maravillas para los toscos occidentales del Dios medieval. Las alfombras voladoras las inventó Occidente. Fueron parte de su ignorancia y de la desmedida admiración que tenía por los avances del Oriente. Pero el maravilloso Oriente no inventa el capitalismo, ese sistema rapaz, conquistador, ese fenomenal productor de dinamismo histórico, ese mago de la Historia. Occidente, entonces, construye "su" Oriente. Lo explota. Lo domina. Lo tortura. La guerra del opio. Las masacres en la India. Lo colonización imposibilitante. Occidente ve siempre al Otro en el colonizado. Y no lo coloniza para "modernizarlo", según dice su credo mentiroso, sino para someterlo. Así, Hegel (que elogia sin vueltas a Oriente y hasta transforma a Goethe en uno de sus deudores) no vacilará, finalmente, en decir: "En la actualidad el Islam ha quedado recluido en Asia y Africa (...) quedó hace tiempo, pues, fuera del terreno de la historia universal, retraído en la comodidad y pereza orientales". Formidable frase sobre la que es imprescindible, inevitable o acaso irresistible sobreimprimir el derrumbe de las Torres Gemelas en Nueva York. ¿Por qué despertó Oriente? ¿Qué lo sacó de su pereza? ¿Qué posibilitó su reentrada en la historia universal en esa modalidad tan espectacularmente occidental, hollywoodense? Occidente, que lo sostuvo, que no lo "expulsó" de la Historia, sino que lo manipuló, lo explotó, lo utilizó, lo armó demencialmente para frenar (durante la bipolaridad) la "ola roja" y que, ahora, no sabe qué demonios hacer con él. El terrorismo islámico es una creación de Occidente. De su negación del Otro demonizado y de su instrumentación estratégico-bélica. Ahí está: crearon su Frankenstein. Y el "terrorismo islámico" (aunque puede llegar a considerarse una "cultura de resistencia") no tiene nada que decirle a la Historia. No sabe ni quiere "superarla". No tiene nada para darnos en cambio del Occidente yanqui. El marxismo era una teoría de la revolución, una dialéctica del avance histórico, una visión racional del cambio. El terrorismo no quiere ni puede cambiar nada. Por lo tanto, lo destruye. Su "odio" no se ha racionalizado en una teoría histórica capaz de ir "más allá" del capitalismo terciario. Esto se detecta en la "inmolación" de sus agentes prácticos. No hay un "más allá" inmanente a la Historia, eso que llamamos "futuro". Hay otro "más allá". Y en su nombre se destruye un orden que no se sabe cómo cambiar. No deja de ser comprensible: cuando no se puede transformar el mundo lo único que resta es destruirlo.El "otro" Oriente que desvela al Occidente de la globalización norteamericana está en Japón, está en China. No quieren destruir la Historia. Se la quieren apropiar. No quieren "superar" el capitalismo. Son hondamente capitalistas. Pero quieren "superar" al capitalismo norteamericano. Y son agresivos, y temibles, y laboriosos y numerosos y (pareciera) incontenibles. Europa, entre tanto, sólo juega un papel opaco y secundario de servil aliado del Occidente yanqui. ¿Se unirá a China, a Japón? ¿Colisionarán los dos colosos del capitalismo oriental? Tokio es hoy acaso la ciudad más occidental del planeta. Es, al menos, la más caótica, reinan en ella el vértigo infinito de la mercancía y la fiesta impúdica, imparable del capitalismo, siempre renaciente, como la maldad del hombre. Quedamos, ahora, nosotros: América latina. Estados Unidos hace guerras inverosímiles o planea huir del planeta. Europa es servil y pasiva. El terrorismo no va más allá de la destrucción, por terrible que sea. China y Japón son el futuro del capitalismo, pero sólo eso. Todavía NO SON lo que acaso lleguen a ser. ¿No dibuja todo esto un espacio para la castigada, olvidada América latina? No nos vamos del planeta. No hacemos guerras por conquistas petroleras. No queremos destruir el planeta ni inmolarnos en acciones sin retorno. No queremos (o no debiéramos querer) ser serviles ni obedientes "socios menores". No somos el "futuro" del capitalismo. Somos, apenas, un continente que busca su posible unidad geopolítica, su autoglobalización (propia, nuestra, centrada aquí y no la periferia de una Falsa Totalización Imperial), somos unos pocos países (Brasil, Argentina, el inminente Uruguay, Chile, Venezuela y la Cuba abierta al futuro) y tal vez terminemos por ser un territorio donde, todavía, la vida tenga un sentido, la muerte retroceda y los chicos puedan comer.

(volver)

 

• LUZ Y GAS: OTRA BATALLA PERDIDA

El alza en las tarifas de luz y gas ya es un hecho. Dicen que es sólo para grandes usuarios. Pero la realidad muestra que una vez más nos haremos cargo entre todos.

"El aumento de las tarifas de luz y gas será solo para industrias y grandes comercios". Así titula, por ejemplo, el diario Clarín al referirse al aumento de las privatizadas. Es que el gobierno decidió que los que deben pagar son los grandes usuarios. Sin duda la estrategia buscó, de alguna manera, amortiguar la derrota de esta batalla con las empresas privadas. Batalla que viene llevándose a cabo desde hace ya varios meses y que de esta manera llega a su fin. Pero cuando se habla de aumento para grandes usuarios no es sólo para "industrias y grandes comercios". Grandes usuarios son también las universidades nacionales y los organismos estatales. Información que desde los grandes medios de comunicación y desde el gobierno suele omitirse. Y con ello se omite que el presupuesto universitario y estatal, tendrá, como es bien conocido en la Argentina, otro recorte (aunque esta vez camuflado). Pero acá no termina el impacto tarifario.

El gas natural comprimido (GNC) también sube. Es decir que más de 1.300.000 usuarios (cifra estimada de vehículos que hoy utilizan GNC) sufrirán otro embate a su bolsillo. En síntesis, muchos de ellos no lo pagaran en la factura que llega a su vivienda, sino, a la hora de llenar el tuvo de gas de su automóvil.

Bien sabido es que la tarifa de los taxímetros está congelada desde hace ya tiempo largo y si hacía falta algo para subirla era esto. Por lo que el "pequeño usuario" tendrá que pensarlo dos veces a la hora de levantar la mano y tomarse un taxi.

Pero la premisa de que "sólo pagan los que mas usan" parece haber surtido efecto en la opinión pública. Sería bueno no dejar pasar estas cosas como en los noventa hicimos la vista gorda a otras y tomar conciencia que, al menos en esta, el gobierno no parece haber acertado. Y que, como siempre, los medios masivos de información no profundizan en la noticia y esta vez, además, hacen lobby para el gobierno.

Una vez más el pueblo argentino debe hacerse cargo de una indemnización generada por la corrupción sistemática del pasado y la complicidad de las empresas privatizadas. Una vez más debe cargar con la sensación de que la justicia social no existe.

Autor: Marco Buenos Aires.

(volver)